A los políticos no les importás

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Podríamos decir que «son incorregibles», parafraseando una frase de Jorge Luis Borges dada a un partido político en especial y ávido de poder, aunque en este caso la podríamos trasladar a toda la política, pues no importa quienes están en el poder para seguir tropezando con la misma piedra. Nada a cambiado y el viernes nos dimos cuenta que, a los políticos, les importa una merda la gente.

Un whatsapp que circuló el viernes decía irónica y lamentablemente que «ni Mengele se animó a tanto» -refiriéndose al otrora criminal nazi-, cuando miles y miles de jubilados y pensionados, junto a quienes cobran los planes AUH y otras asignaciones, se volcaron con desesperación a los bancos para retirar -en la mayoría de los casos- el mísero monto de dinero que le correspondía, tras el «error» de un Gobierno que no previó declarar «esencial» la actividad bancaria desde el primer momento, y no habiendo tenido la expertiz o desconocer que a esos conciudadanos ya se le había acabado la plata, y que un masivo vuelco de gente a las calles podría traer consecuencias sanitarias inimaginables ante esta pandemia del coronavirus.

Lo que ha hecho el coronavirus y la poca importancia que los políticos le dan a sus representados, que además les sostienen los sueldos con sus impuestos, es develar lo que siempre han hecho: sentirse una casta superior.

También esta crisis del coronavirus nos ha puesto como país frente al espejo de lo que son las consecuencias de políticas populistas que siempre pensaron en «pan para hoy y hambre para mañana». La decadencia -de la que vengo hablando desde hace más de 10 años- a la que paulatinamente Gobierno tras Gobierno nos han venido sumiendo y la anomia ciudadana, hoy nos muestran la cara de la triste realidad que es nuestra Argentina.

Los que siempre dicen que son los «abanderados de los pobres» y que a pesar de haber sido gobierno en buena parte o en su totalidad en las provincias y en la nación desde 1983 hasta la actualidad, lo único que lograron es ampliar ese almácigo y transformarlo en una gran huerta de paupérrimas familias, sin agua corriente, sin servicios sanitarios mínimos, sin o con educación a medias, viviendo hacinadas en asentamientos o en barriadas. Y no sólo es culpa de un partido que siempre ha sabido cambiar de colores según la ocasión, como los camaleones, sino también de otros partidos que no han sabido estar a la altura de las circunstancias y han caído en los mismos errores de creerse superiores y desconectarse del ciudadano de a pie.

Como los argentinos tenemos mala memoria, también es muy útil recordarnos que esta decadencia que hemos sabido conseguir ha sido consecuencia, además, de la malversación y falta de control de los recursos de la nación.

El famoso historiador y analista Yuval Noah Harari, nos recuerda que «la democracia se basa en el principio de Abraham Lincoln de que ‘puedes engañar a toda la gente en algún momento, y a todas las personas todo el tiempo, pero no puedes engañar a toda la gente todo el tiempo’. Si un gobierno es corrupto y no consigue mejorar la vida de la gente, un número suficiente de ciudadanos acabarán darse cuenta de ello y lo sustituirán. Pero el control gubernamental de los medios de comunicación socava la lógica de Lincoln, pues impide que los ciudadanos se den cuenta de la verdad».

En Argentina, algo de lo que señala Harari viene pasando, pero se exacerba cuando toda la clase política -sin importar el partido, aunque puede haber mínimas excepciones- se pone de acuerdo en mentir, en ser corrupta, en importarle una merda el pueblo, y en seguir porfiando la realidad.

Alguna vez lo señalé en esta columna: Los argentinos seguimos teniendo vocación suicida, pues cuando todos doblan nosotros seguimos caminando directo al precipicio. Ojalá que este accidente geográfico aún esté lejos y podamos despertar a tiempo para pegar el volantazo.