Financistas: ¿una nueva profesión de “riesgo”?

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El narcotráfico, la delincuencia y otros delitos que terminan en crímenes aberrantes les cubren las espaldas a los financistas que se animan a transitar la oscuridad con mochilas cada vez más pesadas

HABLEMOS DE 3 CASOS PUNTUALES

desapariciones de dos de personas que ejercían la misma profesión vinculada con el dinero y el poder formaban parte de la misma.

Mariano Benedit era un financista que trabajaba en una sociedad de Bolsa familiar. Fue hallado muerto de un tiro en la cabeza entre los pastizales de la reserva ecológica de la Costanera Sur, a metros del casino de Puerto Madero. El disparo mortal salió de su arma, pero la moto Honda con la que se trasladó jamás apareció.

El caso de Damián Stefanini se enmarca en una desaparición. Se trata de un hombre acostumbrado a realizar operaciones de ingeniería financiera con cheques y dólares. Sus allegados lo describen como un profesional muy desconfiado, que se desplazaba en un Audi blindado que había pertenecido anteriormente al mediático Leonardo Fariña , procesado la Justicia. Stefanini no se bajaba del auto si su cita era con un desconocido. Los invitaba a dialogar sobre ruedas. Pese a sus recaudos, desapareció misteriosamente a metros de la oficina de su contador, cuando debía encontrarse con un cliente.

Hugo Díaz es del mismo «palo» que Stefanini: un empresario del mundo financiero que trabajaba su cuenta. Dejó estacionado su coche en el garaje ubicado a una cuadra de su oficina, en pleno microcentro, pero jamás abrió la puerta. Su destino terminó siendo otro, uno ahora desconocido.

¿Qué tienen en común estos tres casos policiales o judiciales, además de la profesión de las víctimas? Básicamente, el contexto global y local en que sucedieron.

En esa economía informal conviven desde trabajadores cuentapropistas hasta empresarios acaudalados y peligrosos que, envalentonados el poder que otorga el dinero, intentan «blanquear» sus capitales provenientes de actividades ilícitas de todo tipo.

En los tres casos citados en esta nota, las investigaciones policiales se centran en el entorno laboral de las víctimas-financistas, más precisamente en los vínculos comerciales que ostentaban con clientes potencialmente peligrosos.

Clientes atípicos y peligrosos

En nuestro país, el tamaño actual de la economía informal es enorme. Millones y millones de dólares y pesos se mueven todos los días en la city porteña sin registros a través de las «cuevas» financieras. Por ese escenario se desplazan personajes con dinero non sancto que van tanteando el terreno para lavarlo e introducirlo al sistema financiero formal a través de asesores semejantes a Benedit, Stefanini y Díaz.

Lo cierto es que la ecuación económica de su profesión le plantea un serio dilema al financista: si aceptar un cliente nuevo genera más ingreso de dinero, ¿es conveniente preguntarle el origen de los fondos? ¿Acaso la mera decisión de preguntar no lo compromete al financista ante el poderoso, que desconfiará de él aún cuando no contrate sus servicios?

La respuesta más tentadora consiste en omitir la pregunta y estrechar la mano con el cliente, relativizando los riesgos y ponderando la posibilidad de generar dinero como sea y a cualquier precio.

Para un financista, ¿es conveniente preguntarle el origen de los fondos? ¿Acaso la mera decisión de preguntar no lo compromete al financista ante el poderoso, que desconfiará de él aún cuando no contrate sus servicios?

Imaginemos esta situación: el cliente de profesión dudosa y fondos injustificables le da al financista dinero para que se lo «trabaje». El financista utiliza ese dinero para descontar cheques (los presta contra entrega de cheques como garantía o colateral) en su «cueva» de la city porteña a tasas superiores al 100% en pesos. Al momento de depositarlos, los mismos vuelven rebotados fata de fondos, error en la cadena de endosos, denuncia de duplicación o cualquier otro motivo. El financista busca al librador del cheque y este manifiesta que se gastó el dinero y no tiene como «levantarlos». El financista trata de explicarle a su nuevo cliente la situación, pero este no le cree. A partir de allí, el cliente busca hacer «justicia» su cuenta utilizando los medios que tiene a su alcance y conoce muy bien: el terror y la violencia.

El narcotráfico, la delincuencia y otros delitos que terminan en crímenes aberrantes les cubren las espaldas a los financistas que se animan a transitar la oscuridad con mochilas cada vez más pesadas. Muchas veces, cuando estos profesionales entienden que el peligro es grande, ya es tarde. El primer desencuentro con clientes que tienen otros códigos que el común de los ciudadanos cuando las cosas no salen según lo pautado puede poner en riesgo su integridad, significar el exilio o una vida volcada a la pantalla de televisión como medio de protección.