Miserables son los políticos improductivos, los sindicalistas corruptos y los vagos que debemos mantener con nuestros impuestos, replicó un empresario .Los planeros no son lo mismo que los jubilados

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Miserable son los políticos que siguen cobrando sumas ilógicas, siendo improductivos, llevándose cifras que en la vida productiva no se consiguen, miserables son los sindicalistas que se enriquecen con el trabajo de sus descerebrados que los siguen, a pesar de ver como se hacen multimillonarios

Cuando uno escucha a los economistas y políticos asegurar que el gran problema del déficit de nuestro país son los casi veinte millones de personas que viven del Estado involucran a los llamados planeros junto a los jubilados. No discriminan a la hora de evaluar la responsabilidad, entre los casi siete millones de jubilados y pensionados y los casi nueve millones de «becas políticas» llamadas «asistencia social».

Una injusticia que subleva, porque resulta al menos fastidioso equiparar a quienes reciben  después de toda una vida de trabajo, la devolución de los aportes que fueron retenidos de sus salarios con la paga que se les da clientelismo político a personas cooptadas para que voten un determinado partido político y acudan a las marchas militantes.

Unos trabajaron treinta años y los otros no saben lo que es el trabajo y visto así no es justo decir que los jubilados contribuyen al déficit del Presupuesto porque ellos ya pagaron lo que reciben. Incluso hubo voces que hicieron notar que como la gente es cada vez más longeva las jubilaciones se extenderían con los años «agravando el problema».

Pero ningún dirigente se atreve a decir que los planes se deben tener un plazo y si el beneficiario no consigue trabajo en determinado tiempo dejará de cobrarlo. Tampoco proponen que deben terminar el ciclo secundario de manera obligada. Los planeros son como un club de vagos, que en lugar de pagar su cuota, el club les paga no hacer nada, como contraprestación están obligados a ser parte activa de la barra brava y obedientes de los punteros políticos. Los jubilados tienen derecho a disfrutar de su retiro laboral aunque culpa de los planeros sus retribuciones se vean reducidas a punto de no poder disfrutar de un verdadero descanso.

«No alcanza para todos», dicen los expertos en economía y alguien debería preguntarles ¿Y quién tiene que hacer el esfuerzo, los que permitieron que con sus aportes mientras trabajaban pudieran cobrar los ya retirados o los que su único aporte sea ir a una marcha y llevar un cartel partidario? En el pasado diciembre, el economista Orlando Ferreres dio su diagnóstico: «El Estado debe ser grande, el sistema impositivo debe ser duro y el gobierno debe incluso aumentar las cargas fiscales y se debe recurrir al endeudamiento, mientras crecemos en la economía. Y si no crecemos, ya sea falta de inversiones o otros motivos, nos queda la última alternativa, al llegar al límite superior de la deuda, de recurrir al prestamista de última instancia, al Fondo Monetario Internacional para seguir cubriendo el gasto público alto».

El experto no quiso decir que si se quitaban los planes, el costo se reduciría a la mitad, tal vez eso sea lo políticamente correcto. Ya dije que me parece injusto culpar a los jubilados del alto gasto que la asistencia social le provoca al Estado, pero también sirve de excusa para las malas gestiones económicas. Será eso que desde 2003 el gasto en asistencia social he crecido más del 140 ciento y siempre dentro de ese incremento los jubilados han sido los más perjudicados. Una clase pasiva que en el sistema político de nuestro país corre con muchas desventajas: no tiene sindicato; no tiene referentes dentro del Poder; el Defensor del Jubilado es una estampita, no tienen fuerzas para cortar calles y los políticos no los consideran porque la mayoría ya no tiene el voto obligatorio. Los viejos no suman en las urnas, los planeros sí y eso es lo que les importa. Pronto habrá cambio de gobierno, para un lado o para el otro, habrá cambios pero esto no lleva ninguna esperanza a los jubilados que seguirán castigados un perverso principio que arrastramos desde la década del 50: «Es fundamental tener siempre comprado a un grupo grande de militantes cuanto más analfabetos mejor, ellos nos hacen ganar las elecciones». Para que quede claro, a unos se los mantiene controlados bajo la amenaza de quitarles el plan y a los otros se los ignora porque están condenados al silencio.