Spread the love

¡El bonaerense! A no asustarse. No se trata de la Bonaerense, precedida el artículo femenino. Vamos a hablar de un film que tendrá 15, 20 años, cuyo director fue Pablo Trapero, cuyo nombre es precisamente El Bonaerense. La asesoría de la filmación corresponde a Ricardo Ragendorfer, que de esto sabe mucho. Es una de las grandes películas del cine argentino. Se trata de un juego pseudo-realista con la biografía de un personaje que es tomado una de las instituciones de la nación —la bonaerense–, nombre que cuando se pronuncia, ya sabemos que se trata de la policía y no de otra cosa. Se trata del “Zapa”, alguien que va a ser formado una pedagogía tan tosca como inexorable. Cometió un pequeño delito y en La Bonaerense –ahora sí– será educado y violentado. Este modelo pedagógico que nunca deja de ser una exacerbación del que todos conocemos en las escuelas argentinas contiene en el film un resabio no muy diluido del Martín Fierro: alguien que comete un delito es tomado como carne de cañón y si bien no es obligado a trasponer la frontera, debe actuar dentro de la frontera y reventarse él mismo dentro.

Lo real-popular es lo que parece quedar expuesto en El bonaerense, una suerte de orillero que no se rige el centro de la ciudad sino el mito de la vuelta a una localidad lejana, un pueblito innominado de la provincia de Buenos Aires, pero siempre dentro de un ámbito de «familia ampliada» que es la policía como gran red integradora del territorio, de las funciones sociales y profesionales, del delito y su conjura, del festejo y del luto, de lo público y lo privado, del sexo y la ilegalidad, de la ley y la locura, de la simulación y el delirio, del discurso oficial y del grito patógeno, de la vida y la muerte. En el film, el suburbio aparece impreciso, con líneas de colectivos indescifrables, calles que entremezclan varias estridencias indefinibles y difusas. En el caparazón policial se alberga una vida popular sin redención, tomada en su doble aspecto de lucha la sobrevivencia y de uso del chantaje para la acumulación particular de riquezas. Es un capitalismo ilegal, clandestino y popular, a las vistas distraídas del Estado al que pertenecen.

La policía del film de Trapero se mueve entre fronteras orgiásticas –el patético festejo de año nuevo, una de las memorables imágenes de la película–, los borrosos tiroteos y la educación brutal que hace y deshace lealtades, cifradas en modelos de intimidad familiar sustitutiva y en fórmulas de acopio de bienes donde la plusvalía es la del asesinato y la violentación de las propias lealtades poco antes forjadas. La policía como condensación de instrucción escolar, servicio militar, iniciación sexual, promoción delictiva, discurso moral, ilegalidad abismal, simulación social, patología popular, fiesta saturnal y aquelarre con disparos de ametralladoras al cielo, compone un catálogo de todas las fundaciones posibles de lo social, en el que se conjugan la ley y la antiley, el crimen y también el llanto mudo de los desventurados. Trapero finge realismo. Entregó el mejor barroquismo lírico del cine nacional.

El protagonista de El bonaerense no es un comisario retirado conspirativo ni un resentido oficial sumariado, tampoco un cultor del “gatillo fácil” aunque en algún momento, sin convicción, se lo ve al “Zapa” patear en el suelo a un detenido indefenso. Siempre inexpresivo, con una muda resignación. El bonaerense roza todos esos temas y cuida de mantenerse en el plano del pequeño crimen organizado en los destacamentos policiales, en una franja de iniciación en el linde ambiguo con lo dañoso o abusivo. En esa opaca y densa trama ocurre el «sinsentido» de la vida popular, o una parte de ella. Nada nos exime de una meditación más aguda y menos ritualizada sobre la zona deteriorada e inescrutable de la vida popular rota y deshabitada, que si cruza una línea es juzgada la ley que la policía acaba de vulnerar, cruzando más que líneas, una avenida entera.

Hoy estamos ante una policía provincial que, aunque puede tener demandas justas no se puede escindir de su penumbrosa historia, la viscosa pasta de su lenguaje, su oscuro itinerario antropológico trazado técnicas profundas de extorsión existencial y economías de trueques clandestinos. No parece cierto que ahora pesan más en ella sus realidades gremiales y sus necesidades vitales comprensibles, que sus escondidos motores conspirativos. Que su jefe institucional, secretario de seguridad, haya fallado en prevenir una rebelión, a pesar de su sacerdocio militarista lanzado a los vientos, no quiere decir que su ostentoso discurso que lo presenta como un paladín de Walter Scott con más profesiones que Ivanhoe, no esté señalando subterráneamente un futuro y peligroso modelo de sociedad argentina vertical y pasteurizada. En el quirófano y en el patio de armas, apostrofando a los “libres pensadores” y pidiendo subordinación y valor.

El sitio feudal a las residencias del Presidente y del Gobernador son tan inadmisibles como el clan policial que salió con bombos sindicales y revólver en el cinto agregando una nota más de desparpajo a lo que difunde constantemente el Secretario de la sección Bisturís y Orden Cerrado. Su desprecio los derechos humanos declamado televisión solo le cuesta un pedido de disculpas Twitter. Ante lo ocurrido, más que el Secretario no estaba relacionado con los Conspiradores –estos rodeados de niños, acompañados de psicólogas policiales y de jóvenes policías que como en El hombre que fue Jueves, se trastocaban de anarquistas libertarios recién iniciados–, no se podía evitar la sorpresa el aspecto carnavalizado de la protesta. Lo que no disminuía en nada su grado extremo de peligrosidad para las instituciones.

Todo lleva a que esa mascarada de bombistas enfierrados deba ser interpretada con nuevos argumentos políticos que escapen tanto de la indulgencia a la que parece obligar el momento, como al ánimo represivo del ritual del estado. Pero reparar el avasallamiento simbólico ocurrido supone crear otros envíos institucionales con una nueva carga simbólica de mayor fuerza reconstructora parte de los poderes democráticos. Ya que citamos El Hombre que fue Jueves, de Chesterton –otro estilo diferente al de Trapero para tratar la cuestión policial–, diríamos que hay que desenredar este increíble ovillo de equívocos. El Hombre de la Sala de Operaciones Médicas no fue el jefe de la pueblada policial que hizo temblar las paredes de Olivos. Por el contrario. Pero se puede decir que es el jefe atmosférico de los climas y lenguajes más hostiles hacia la vida democrática del país. Y también se desempeña como jefe de la seguridad de la Provincia democrática. Dos funciones tan contrapuestas en la misma persona, no parecen razonables. En la película, puede ser. Pero allí no.